Sección 3

En nuestro ADN

Así me enlacé con los hilos y los telares de las mujeres rurales argentinas

En Nueva York, Milán, Londres o París se da cada vez más valor a prendas que remozan técnicas ancestrales

Graciela Carrasco vive en las tierras rojizas y resecas del noroeste argentino. Como otras mujeres de Belén, en Catamarca, hila y teje… Teje ponchos y sueños. Y lo hace con paciencia y orgullo.

Las mujeres de su pueblo tejen con lana de llama y de oveja de la misma forma en que lo hicieron las abuelas y las tatarabuelas hace 200 años o más. Obtener el hilo, teñirlo con los colores de las hojas y las flores del campo y sentarse ante el telar, requiere tiempo y conocimiento (¡paciencia!). La tradición ha pasado de generación en generación en esa pequeña ciudad, la cuna del poncho argentino, y como dice Graciela: “es lo que hacemos todos los días. De lunes a lunes”.

La llena de satisfacción (¡orgullo!) haber tejido el poncho que el Presidente de la Argentina le llevó como regalo al Papa Francisco, cuando lo visitó en Roma. Aquello fue un verdadero acontecimiento en todo el pueblo. Graciela tenía el sueño -¡y así lo cuenta en un video en YouTube!-, de que los ponchos argentinos llegaran a todo el mundo.

La llena de satisfacción (¡orgullo!) haber tejido el poncho que el Presidente de la Argentina le llevó como regalo al Papa Francisco.

Y, bueno, mi firma de modas Veroalfíe está tratando de trabajar con ella y su gente para lograrlo.

Un día llegué al pueblo de Graciela y de su esposo Ramón con un montón de ideas creativas y quizá atrevidas: quería interesar a las mujeres de la comunidad para que a aquellos ponchos artesanales les añadieran valor con un toque de diseño y de moda. Francamente, pensé que me iba a costar muchísimo, pero les expuse el proyecto y me dijeron, con el entusiasmo que las caracteriza, “para mañana le tenemos una muestra”. Fue el inicio de una alianza ganar-ganar.

¡Ya llevamos cuatro temporadas trabajando juntas!

Me gusta trabajar con las mujeres de Belén, un pueblo a 2 750 metros sobre el nivel del mar, que está casi como detenido en el tiempo. Cuando vamos allá para hacer una colección, tomamos mate juntas y comemos empanadas que ellas hacen. Es vivir una experiencia: la comida, los olores, los sabores, el lugar, la forma en que se teje… Es bueno recordar que cada región de Argentina tiene una forma distinta de tejer. En Tucumán, otra provincia del noroeste, los telares son circulares, en Catamarca son cuadrados. Y son más aún diferentes y antiguos los de los pueblos ubicados al norte de mi país, en Bolivia o Perú.

Generar valor, comprender a los consumidores
Para los empresarios de cualquier sector es cada vez más relevante agregar valor; requieren generar e impulsar nuevas tendencias de todo tipo, que, como en nuestro caso, vayan más allá de la moda. Se trata de tendencias culturales. Se trata de innovar. Es así porque se van imponiendo los gustos de esos nuevos consumidores crecientemente informados, que reclaman calidad, que más que objetos quieren comprar experiencias, que son respetuosos del ambiente y exigen conocer la forma en que se producen los bienes y servicios que adquieren. Los mercados internacionales piden crecientemente productos que reflejen la identidad del país en el que se desarrollan. Comprenderlo así abre mercados, pero, sobre todo, genera empleo e ingresos para grupos olvidados o ignorados, sencillamente porque viven en zonas apartadas, lejos de los centros de poder en las ciudades.

En los mercados de la moda más desarrollados, como los de Nueva York, Milán, Londres o París, cada vez se da más valor a prendas inspiradas y abrazadas a técnicas ancestrales. Es una inclinación que tiene su anclaje en costumbres repetidas y heredadas generación tras generación, durante cientos de años.

Estoy segura de que usted lo ha percibido. En cada temporada se ponen en boga bien los estampados navajos o los detalles aztecas, las túnicas griegas, las blusas con bordados gitanos, los bolsos colombianos, los vaqueros bordados, o la joyería étnica y con sabor tribal. La receta es diferenciarse, pero también volver a lo esencial, a las raíces, a lo que nos es propio y habla de nuestros orígenes.

Claro que yo no inventé esto. En Estados Unidos, por ejemplo, una gran tienda llamada Anthropologie, con una visión similar a la descrita, abrió su primer local en 1992 y hoy posee 200 en varias partes del mundo. La prestigiosa firma asegura que su cliente es “una mujer con mentalidad creativa, que quiere parecerse a ella misma, no a las masas. Tiene sentido de la aventura sobre lo que usa, y aunque para ella la moda es importante, está demasiado ocupada disfrutando la vida como para ser gobernada por las últimas tendencias”.

Pues bien, hoy vendo mis productos en Anthropologie. Cuando se los ofrecí, me dijeron ´nosotros compramos la esencia de cada país´.

Si no trabajo con las mujeres rurales de mi país y muestro sus formas de vida y sus paisajes, no vendo nada.

¿Cómo logramos mostrar la esencia del país, si hacemos las fotos de moda igual que en cualquier ciudad? Si yo soy una diseñadora argentina, ¿dónde tengo que mostrar mi nueva colección? La respuesta es muy sencilla: en Catamarca, en Jujuy o en dónde haya obtenido la inspiración o los materiales para crear mis prendas. Por eso he tenido éxito. Si no trabajo con las mujeres rurales de mi país y muestro sus formas de vida y sus paisajes, no vendo nada. Las fotos de estudio están superadas.

El paisaje que se aprecia en las fotografías de nuestra última colección -la tierra seca, las montañas desnudas, las carreteras rojizas sin pavimentar, los cactus y las casas de ladrillo rojo- es solo parte de lo que vendemos o, mejor dicho, promovemos. También son los materiales originarios de la Argentina y de la región de los Andes, como las lanas de llama, vicuña y guanaco, tan típicas de nuestro altiplano. Son los ponchos y chales únicos y diferentes, los que le dicen al mundo cuál es nuestra esencia, de qué estamos hechos, de dónde venimos.

Creo, en síntesis, que lo que hay que hacer es volver a los orígenes y volver a los orígenes es trabajar con las comunidades rurales. Eso lo pueden hacer –y ya lo hacen- los diseñadores modernos y auténticos que tiene cada país de América Latina. Este será el futuro por muchos años más; la moda seguirá reflejando las diferentes partes del mundo.

Nuestros países tienen experiencias formidables, como los sombreros Panamá, hechos por hábiles manos ecuatorianas con la paja toquilla, hoy símbolo de elegancia. Su oferta se ha multiplicado con cantidad de colores y diseños, diferenciándose sobre todo por la calidad y la flexibilidad de la fibra.

Cada región tiene su particularidad, y el desafío es llevar esto a la moda y para eso estamos nosotros, los diseñadores. Queremos que con nuestro apoyo todo esto se convierta en semilleros de oficios artesanales que se transforman en moda. Únicamente somos quienes conectamos a las artesanas con un mundo quizá ajeno pero de seguro muy competitivo, como es el de moda.

Comprendemos que la moda hoy tiene que mostrar cómo viven estas mujeres rurales, qué hay detrás de una colección, qué hay detrás de una marca. En realidad, hay equipos de trabajo y alianza con las artesanas que dan vida a nuestros diseños. El nombre de la persona que hizo la pieza eso queda impreso en las etiquetas y se indica en nuestro sitio web. Nos venden las chalinas o los ponchos y nosotros los colocamos en los mercados internacionales, pero ellas mantienen tus tiendas y participan en ferias artesanales.

En la actualidad, con apoyo del gobierno, las propias tejedoras rurales están organizándose y armando un programa para crear una marca país, y para esto cuentan con mi colaboración y la de otras personas. Las apoyo en diseño para que hagan su propia colección.

Veinte años de trabajo conjunto
Desde siempre me han gustado las cosas hechas a mano, los bordados, las cerámicas, las velas. Me gustan también los materiales nobles y buenos, como las lanas de alpaca o de llama. Me atraen las cosas autóctonas, aunque también me gusta echar a andar proyectos o crear marcas. Le pongo atención al mercado y escucho a las consumidoras.

Mi experiencia con los grupos de mujeres rurales data de hace 20 años. Trabajé primero en Perú y luego en Argentina, sobre todo en el noroeste, en Catamarca y Jujuy.

Me agrada trabajar con ellas en su propio hábitat, no traerlas hasta Buenos Aires. Queremos conocer sus historias, ver a sus hijos, construir una relación, percibir cómo se sienten en valor, verlas empoderarse. Es increíble. Mi postura no es decirles que tienen que hacer esto o lo otro, es hacer con ellas una colección, y apoyarlas para que puedan vender sus productos fuera de sus comarcas.

Se trata de sacar la artesanía hacia otro nivel para convertirla en moda, en moda para el mundo.

Las técnicas con que se hacen nuestros productos son invaluables; son auténticas y entre más naturales sean más se venden. Y debo ser muy enfática: ya esto no es artesanía, es moda. Se trata de sacar la artesanía hacia otro nivel para convertirla en moda, en moda para el mundo.

Así como yo abracé el éxito trabajando con los pueblos originarios muchos otros diseñadores pueden dar aportes maravillosos comprendiendo que esas artesanas y artesanos son el mejor capital de cada uno de nuestros países. Trabajo con seis o siete grupos en diferentes regiones del país, no todos constituidos por mujeres; también hay hombres. Todos merecen ser escuchados, todos deben ser escuchados.

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Verónica Alfíe • Así me enlacé con los hilos y los telares de las mujeres rurales argentinas Verónica Alfíe

Diseñadora de modas. Creadora de la marca Veroalfíe.
Buenos Aires, Argentina